El cuento de Sissa

Aquel mediodía el silencio era absoluto, salvo el lejano chapoteo de los elefantes en la laguna artificial que los “coolies” habían preparado para que las nobles bestias pudieran refrescarse.

El calor de agosto, húmedo y sofocante, aunque habitual en aquella lejanísima región de la India , atormentaba al monarca.

Su reino estaba en paz, había ganado todas las guerras, sus súbditos vivían felices y sus hijos crecían sanos y alegres, sus ministros y consejero erán de toda su confianza y el amor que demostraban a su rey era sincero, aunque su respeto y admiración superaban el afecto que le profesaban. No podemos olvidar a sus mujeres, las mas hermosas de la india, pero… aquel soberano se aburría haciendo honor a su título: SOBERANAMENTE.

Hasta aquel momento su último recurso contra el hastío había sido la caza del tigre, pero la última cacería se convirtió en una fiesta cortesana. Los colores de los vestidos eran tan llamativos y los perfumes tan fuertes, que las pobres fieras huyeron despavoridas, y el ruidoso, perfumado y alegre ejército de “cazadores” y amazonas no vio un solo tigre en las dos semanas que duró la cacería.

Afortunadamente para las fieras, podrían haber muerto de un ataque de risa.

Drona, consejero y amigo del rey,  meditaba sobre la apurada situación del monarca que él también conocía, y su posible solución,  cuando una extraordinaria algarabía le distrajo de sus pensamientos. Desde la plaza del mercado, el griterío había volado por encima de los techos de las casas, de las copas de los arboles  y cruzado un par de riachuelos, hasta llegar a la orilla del río donde daba  su habitual paseo. Las voces aumentaban y aquello le pareció algo mas serio  que las habituales discusiones del mercado. Súbitamente las voces desaparecieron, y Drona, sin prestarles mayor atención siguió sumergido en sus pensamientos, mientras el murmullo del río volvió a enseñorearse del paisaje.

Pocas horas después cuando el calor no torturaba las mentes y los cuerpos, en el Gran Salón de Juicios de Shiva, el monarca (del que ya es hora de conocer su nombre): Visbhnavasandha III,  reanudó las rutinarias audiencias interrumpidas por el insoportable calor del mediodía.

En ellas se trataban tanto de asuntos de estado y planes estratégicos en tiempos de guerra, como de asuntos menos graves en tiempos de paz. Rencillas entre vecinos a causa de las tierras, quejas sobre los precios abusivos de los comerciantes, e incluso en algunos casos, desordenes y peleas callejeras que por su importancia o particularidad, debían ser conocidas por el rey y sus consejeros, en estos casos era Bhisma jefe de la Guardia Real quien los presentaba en el Gran Salón de Juicios, donde en numerosas ocasiones el monarca los resolvía  personalmente, sin necesidad de consulta alguna.

El Gran Salón estaba atestado de comerciantes, campesinos, viajeros venidos desde muy lejos para ver al mas poderoso monarca de la India, multitud de cortesanos ansiosos de hacerle  notar al rey su presencia, tanto con sus atavíos como con los aplausos que le dispensaban al menor motivo.

Desde su trono Visbhanavasandha III notó una expectación anormal. Todas las miradas estaban vueltas hacia un personaje que se acercaba escoltado por dos soldados de la guardia. El rey le observó con curiosidad.

Era alto, enjuto de carnes, señal de ayuno voluntario, algo habitual entre algunos fanáticos religiosos o quizás de penalidades. Sus ojos grandes y profundamente azules eran un elemento inquietante en su rostro de nariz fina y barba rala que rodeaba los delgados y apretados labios, no se sabe si en un gesto de ira o de altivez. La melena le llegaba hasta los hombros y en general su aspecto mostraba los muchos y duros años que había vivido. Sus ropas, modestas por no decir míseras, eran un extraordinario contrapunto a su mirada, demasiado altiva y orgullosa, tanto que casi parecía soberbia.

De su mano izquierda colgaba una bolsa de cuero.

Al llegar delante del rey dos ricos comerciantes se acercaron junto con los soldados y el prisionero Sissa, pues este era su nombre. De este modo indicaban al rey  que eran los acusadores.

Kakshivat, miembro  del consejo le concedió la palabra a los comerciantes.

“Majestad – comenzó diciendo – , apenas hace dos horas este hombre, soberbio y orgulloso, se encontraba en el mercado enseñando a unos pilluelos un extraño juego. Observamos que estaban absortos en él y como se divertían muchísimo, mientras pronunciaban extrañas palabras como “¡jaque!” y en ocasiones “¡jaque mate!”. Nos acercamos y le pedimos que nos enseñara a jugar. No se opuso, muy al contrario, se mostró dispuesto y comenzó con entusiasmo a mostrarnos las reglas del juego.”

En aquel momento le interrumpió su compañero, “Pero al poco tiempo, al ver que no aprendíamos con la misma rapidez que los pilluelos con quienes jugaba, comenzó a lanzar improperios y a insultarnos. Sus voces llegaron a todos los rincones de la plaza y la gente se arremolinó junto a nosotros. Fue humillante para nosotros, pues somos ricos y respetados comerciantes en la ciudad. Queremos que se le castigue por su soberbia y falta de respeto hacia nosotros, pues al preguntarle porqué nos insultaba de ese modo, respondió: “¡Sois dos asnos insoportables!, ¡Que digo! Un asno es mas inteligente que los dos juntos!”.

“En aquel momento, dispuestos a no aguantar mas sus malos modos, le exigimos una satisfacción, el rehusó, y de no ser por la patrulla nuestro enfado se hubiera convertido en algo visible en su cara.”

“¡Exigimos una satisfacción!” exclamaron los dos comerciantes al unísono.

Visbhanavasandha III no dio mucha importancia al asunto, mandó encarcelar al viajero durante unos días, solo para que aprendiera que no era bueno insultar a la gente, ya se tratase de ricos comerciantes o de pobres campesinos.

Los únicos juegos que el rey conocía estaban relacionados con las armas. Por supuesto que el mas apasionante era la guerra, si a esta podía considerársela como juego. Practicaba el tiro con arco, la equitación, la caza, la esgrima, pero en casi todos era el mejor (aunque a veces pensaba que sus súbditos jugaban con cierta desgana, como si quisieran perder para agradarle), pero estos pensamientos los apartaba rápidamente de su cabeza, era el rey y era el mejor.

Sin saber por qué  motivo recordó el asunto del extraño viajero, y le intrigó aquel misterioso juego que podía interesar a unos críos a dos hombres adultos. Recordó aquellas palabras “¡jaque!” y “¡jaque mate!”.

Hizo traer a sus aposentos a Sissa, y se mostró interesado en aprender las reglas de aquel juego. De inmediato el viajero sacó de la bolsa un rollo de cuero y lo extendió en el suelo. El rey observó  que ocho líneas horizontales y ocho verticales dividían el el rollo en 64 pequeños cuadros. Acto seguido, Sissa sacó de su bolsa un montón de divertidas figuritas de madera con curiosas y caprichosas formas y …TOC-TOC-TOC, el monarca salió de su abstracción, alguien golpeaba la puerta, con algo muy pesado por el ruido que hacia. Súbitamente volvió a la realidad y descubrió con sorpresa que apenas había luz en la sala. Durante muchísimo tiempo estuvo tan concentrado en aquel juego que había olvidado su aburrimiento.

“Majestad – dijo uno de sus criados, antiguo jefe de una derrotada ciudad enemiga, que ahora le apreciaba y respetaba por sus extraordinarias dotes militares- “es ya muy tarde y su familia le espera para la cena”

Durante semanas las visitas del viajero a la cámara real se sucedieron sin interrupción. El rey descubrió que podía practicar su juego favorito, la guerra, sin necesidad de usar otras armas que su inteligencia y su capacidad para concentrarse en un problema, si era estratégico mejor, y solucionarlo. Un juego, que además, podía practicarlo siempre que quisiera, pues aquellos ejércitos resucitaban milagrosamente al termino de cada batalla, y nadie, absolutamente nadie, resultaba herido, salvo en su amor propio.

El rey se mostró como un alumno aventajado en aquel juego, Sissa le explicó que su nombre era: Ajedrez. Nadie sabia de donde procedía ni quien lo había inventado, algunos sostenían que su origen estaba en los propios dioses.

El ahora monarca mas feliz de la India, resolvió recompensar a Sissa como solo un rey sabía hacerlo. Reunió a toda la corte en la sala mas majestuosa de palacio, donde se celebraban las victorias y donde se reunía la corte en casos excepcionales, y delante de todos, pronunció estas palabras( de las que tuvo tiempo de arrepentirse amargamente):

“Gracias a ti, que a partir de ahora serás considerado el hombre mas sabio de todos mis dominios, he vencido el terrible aburrimiento que me dominaba, por ello quiero recompensarte PÍDEME CUALQUIER COSA, PUES SEA LO QUE SEA, LO QUE ME PIDAS, TE SERA CONCEDIDO.”

Sissa, que a pesar de todo seguía siendo invitado de la cárcel de palacio, decidió darle una lección al rey y respondió:

“Agradezco vuestra generosidad, poderoso y sabio rey, pero no quiero abusar de vuestra bondad y por ello mi recompensa será modesta, esta es:

– Sacó el rollo de cuero y extendiéndolo en el suelo le dijo al rey: “Deseo que tus criados coloquen un grano de trigo en la primera casilla de la esquina de la derecha, dos granos en la siguiente casilla, cuatro en la tercera, ocho en la cuarta, dieciséis en la quinta, treinta dos en la sexta, y así sucesivamente hasta que todas las casillas tengan su correspondiente  numero de granos de trigo. Asuma de todos ellos será mi recompensa.”

Todos se mostraron divertidos, y también el rey, ante la peculiar petición del antes forastero y ahora sabio por decreto real.

Se hizo llamar a Kakutsha responsable de los almacenes donde se guardaban las reservas de trigo, avena, cebada, etc., de todo el reino, para que satisficiera el deseo del sabio Sissa.

Llegó con sus ayudantes, se llevó el rollo de cuero  después de escuchar  la extraña petición, y todos quedaron muy contentos ante el final feliz de tan curiosa historia. 

Al día siguiente se reunieron en las habitaciones privadas del rey , los administradores de las reservas de trigo y los matemáticos y sabios del reino. Al verles llegar con las manos vacías, el rey montó en cólera. “¡Dadme pronto una explicación, o sustituiré los granos de trigo por vuestras cabezas!”. Con voz trémula y después de un largo y sobrecogedor silencio (cuando los reyes se enfadan los corazones de sus súbditos se encogen), el responsable de los almacenes del reino dijo sin atreverse a mirar al rey: “Majestad, con ayuda de todos los matemáticos del reino hemos contado los granos de trigo necesarios para complacer la petición de este hombre. Después de largos y difíciles cálculos hemos encontrado el número exacto de granos que necesitamos y…”, la voz se cortó, Kakutsharespiró profundamente y prosiguió: “…Majestad, … Señor, en vuestro reino no hay bastante trigo para que vos cumpláis vuestra promesa” y bajando aún mas la voz “No lo hay en toda la tierra”

  Por unos instantes el silencio se hizo aún mas profundo.

Era la primera vez que Visbhanavasandha III no podía cumplir su palabra. Pensativo se acariciaba la negra y espesísima barba con la punta de los dedos, mientras entornaba los ojos. Su cerebro trabajaba al máximo de sus posibilidades, él no podía faltar a su palabra pero, ¿Donde encontrar tal cantidad de trigo?

“Quiero que todos los hombres y mujeres de la ciudad, sea cual sea su clase, se reúnan a las cinco de la tarde en el Gran Salón de Juicios de Shiva“.  Todos salieron en silencio maldiciendo en voz baja al viajero que había ridiculizado a su rey. Aquella tarde seria la mas amarga en la vida de Visbhanasavandha III y nada ni nadie podría evitarlo, en eso estaban todos de acuerdo.

Aquella tarde Sissa permanecía erguido en el centro del Gran Salón, todos estaban allí, los consejeros del rey, los generales y sabios del reino, comerciantes ricos y riquísimos, campesinos, pescadores y hasta los mas humildes mendigos de la ciudad, todos menos el rey. ¿Donde estaba? Sissa se sentía satisfecho y feliz, la lección que el monarca iba a recibir no la olvidaría con facilidad.

Visbhanavasandha III llegó al Gran Salón vistiendo su sencillo uniforme de campaña. Sissa fijó sus ojos en la mirada ensimismada del rey, y poco a poco una extraña desazón fue apoderándose de él, la serena expresión que observaba en aquel hombre poderoso vestido con un sencillo uniforme militar no auguraba nada bueno, pero ¿Cómo iba a solucionar un problema sin solución?

Se irguió majestuosamente y exclamó: “Está bien sabio, tendrás tu recompensa pues un rey como yo, que nunca faltó a una promesa no puede fracasar ante tu maliciosa petición”

“Que venga el jefe de la guardia”, ordenó a continuación.

Las puertas se abrieron para dar paso al valeroso y corpulento Bhisma, seguido de cuatro de sus soldados.

“Conducid a este hombre -dijo señalando a Sissa-a los graneros de la ciudad, para que tome el trigo que le corresponde”, hizo una pausa para observar la sorpresa y asombro de todos los presentes. También observó que Sissa respiraba con dificultad. Le miró y prosiguió diciendo: “Pero con una condición, deberá coger la cantidad exacta de granos ni uno mas ni uno menos, y tendrá que contarlos él.”

El sabio sintió un breve mareo del que se recuperó de inmediato, su cerebro empezó a calcular rápidamente: 100 granos de trigo por hora, por24 horas que tiene el día 2400 granos, multiplicados por 365 días que tiene un año 876.000. Ni en cien mil vidas tendría tiempo suficiente para contar todos los granos, pero eso no era lo peor, lo peor es que si no liberaba al rey de su palabra pasaría el resto de su existencia contando granos de trigo. “Shiva me ampare, – pensó para sus adentros- si no reaccionó pronto”.

“Majestad -gritó Sissa arrojándose al suelo cuan largo era- solicito vuestro perdón por pedir un imposible. Perdonadme, os libero de vuestra promesa y permitid que parta libremente y dedicaré el resto de mi vida a enseñar el ajedrez a todos los súbditos de este reino tan sabiamente gobernado.

El rey, con los ojos semicerrados, estuvo en silencio durante unos segundos y en aquel tiempo nadie osó respirar. Afortunadamente aquello duró poco tiempo y no hubo que lamentar víctimas. “Levántate Sissa -dijoVisbhanavasandha III- te perdono pues me has dado a conocer el mas maravilloso de los juegos pero te ordeno que enseñes a jugar al ajedrez, no solo a los súbditos de mi reino sino a todos los habitantes de la tierra, parte pues y cumple con tu misión.” Todos respiraron aliviados, y nunca mejor dicho, ante el final feliz de esta antiquisíma historia que un viajero inglés, como no, descubrió esculpida en una pared de mármol de un viejísimo templo perdido en lo mas profundo de la jungla.

Dice una antigua leyenda hindú que Sissa aún recorre el mundo enseñando el noble juego, digno de reyes y campesinos.

Y colorín colorado este cuento está empezando

y nunca terminará, pues las piezas de ajedrez,

aunque no juegues,

en tu imaginación siguen bailando.