El Inquisidor trasladó un expediente

Hace unos días el Inquisidor tuvo que hacer un traslado de expediente. Universitario por mas señas. El hijo del Inquisidor que se va a estudiar lejos, cosas de nuestra época. Los niños espartanos aprendían a pelear cerca decasa, a no disfrutar de la comida, a ser modestos en el vestir y a soportar penurias. Nuestros niños estudian en lugares con calefacción,(*) tienen capacidad para elegir entre el Burguer o el MacDonald’s (esto creo que es publicidad),  y en general no son modestos en el vestir.

En descargo del Inquisidor hay que decir que su niño es un “primer Dan”, con todas las de la ley, es decir, con exámenes aprobados y títulos conseguidos.

Hay que decir también que el hijo del Inquisidor estudió y comió en un colegio de monjas espartanas: si había alubias se comían alubias y si eran garbanzos se comían sin rechistar. En consecuencia ha salido un poco espartano, bastante guerrero, y en cierto modo estoico: si hay que comer lo que no  gusta se come, solidario y esforzado ante las dificultades, y en el vestir no es modesto pero si mderado, pero el Inquisidor sabe que todo tiene un límite y en su caso este límite tiene un nombre: la administración.

Así que el Inquisidor, padre alejado de la disciplina espartana al fin y al cabo, “mea culpa” (en esta caso la tercera persona sonaría muy mal) se dirigió a la Universidad de Cantabria para descubrir que el Inter facultativo, vulgo La Pagoda, ya no es el Inter facultativo y una vez más el Inquisidor se perdió, por primera vez en este caso, en un Campus Universitario. El Inquisidor se ha perdido en muchos otros sitios. A veces piensa que perderse está en su naturaleza. Aún recuerda con nitidez como al nacer las primeras palabras de la comadrona a su madre fueron : “Lola este niño se ha perdido”. Creo que tenía razón.

El Inquisidor se informó: tercera torre “bloque c” o “bloque c” tercera torre, el Inquisidor duda, sin embargo recuerda perfectamente su desesperación mientras buscaba con ahínco y urgencia un WC, dicho en inglés, como si pudiese leer a Shakespeare en su lengua original. El Inquisidor no desespera de tal hazaña.

Después de observar detenidamente el hall del inter facultativo, torre o bloque resultó ser el tercero, el Inquisidor descubrió un bonito dibujo que perfilaba en verde y blanco una figura humana, de hombre por aquello de ser preciso. Dedujo pues, El Inquisidor, que era el de caballeros, empujó la puerta e inopinadamente fue abordado por una jovencita que le preguntó sin un “buenos días” y sin tiempo para la defensa (es posible que un: “señorita este es el baño de caballeros” la hubiese detenido, pero no hubo tal),  “¿Me puede decir donde están las oficinas para el traslado de expedientes?”, y el Inquisidor porqué no decirlo, meándose a chorros, contestó amablemente: “lo siento es la primera vez que me pierdo en este sitio”. Me miró mal  y se fue. Y el Inquisidor visitó sin mas preámbulo tan necesario habitáculo.

El Inquisidor esperó a las 8,30 y las puertas de la oficina se abrieron, ¡Oh Sésamo!, al fin se abrieron. Preguntó, aportó documentación y cuando se dispuso a pagar las tasas creyendo el Inquisidor que todo estaba terminado, una frase le detuvo en seco: “Aquí no se pagan las tasas hay que ir al Banco de Santander”. Y el Inquisidor fue. El Banco de Santader del Campus Universitario de Santander a las 9,00 horas de un Jueves (le da la gana al Inquisidor escribirlo en mayúsculas) estaba cerrado.

El traslado del expediente se complicaba. Cruzó por el semáforo la carretera y se dirigió a la vieja oficina del Banco que el Inquisidor recordaba de los tiempos en los que vivía frente a La Pagoda. Banco seguro donde los haya, doble puerta para entrar y señora mayor con hija madura entre las dos puertas sin saber como superar la segunda. Desde el fondo un amable empleado que no solicito (coño levántate y ayúdales) les hacía gestos con las manos. El Inquisidor mas Inquisidor que nunca observó y apreció que la primera puerta no estaba bien cerrada, tiró de ella y se encendió la luz verde de la segunda puerta. Nadie le dio las gracias. No las esperaba.

Superadas las dos puertas y abonadas las tasas el Inquisidor abrumado por tal cúmulo de emociones decidió visitar el antiguo bar donde desayunaba, hacía años, pincho de tortilla con café.

Se encaminó con hambre hacía el bar, ahora regentado por una familia de orientales. El Inquisidor no distingue entre chinos, coreanos, vietnamitas, japoneses, etc., del mismo modo que ellos no distinguen españoles, de franceses, italianos, ingleses y demás personal occidental. Mientras caminaba hacía el bar de marras un hombre, de la quinta del Inquisidor, cayó a sus pies justo al pisar el último peldaño de una escalera que desembocaba en la calle por la que el Inquisidor caminaba apresuradamente.

Acongojado el Inquisidor  le reincorporó con la ayuda de dos albañiles que bajaron presurosos del andamio. Se recuperó enseguida y comentó que la tensión baja era el motivo del desmayo. El Inquisidor sin dudarlo le invitó a café solo, doble y entre todas estas nuevas emociones se olvidó de su tortilla y solo tomó café.

Al final aquel hombre se recuperó, el expediente fue trasladado y el Inquisidor desayunado en un bar lejos del campus.

El Inquisidor se plantea no salir de casa, desayunar antes de iniciar cualquier tipo de gestión mañanera, no entrar en bancos de doble puerta, mirar todas las escaleras antes de pasar delante de ellas y volver al bar de los chinos para satisfacer su curiosidad: ¿Cómo serán sus pinchos de tortilla?”.

(*) El Inquisidor saber que no todos los niños tienen la suerte de disfrutar de colegios con calefacción, a algunos  ni siquiera se les concede el derecho a estudiar.

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