El Inquisidor viaja desde el aparcamiento a la oficina.

El Inquisidor viaja desde su coche al trabajo.

Después de aparcar sale del coche con la habitual desgana. En noviembre hace frío y es necesario sacar un buen chaquetón pero como el Inquisidor fiel a sí mismo está dormido, a veces se cuelga el bolso del hombro antes de abrigarse.

De modo que es necesario “desbolsarse”, abrigarse, y con el bolso de nuevo al hombro dirigirse a la oficina. Sin olvidar cerrar el coche. El Inquisidor a esas horas tiene que parar a los pocos pasos y cerrar de nuevo el coche. Nunca se da cuenta de cuando lo hace por primera vez. El Inquisidor sigue dormido.

Ayer pasó junto a al seto que bordea la salida del parking y distraidamente paso la mano por él, ¡Aggg!, descubrió que estaba recién cortado y por decirlo fina y cristianamente, se laceró las yemas de los dedos. Hoy en el mismo lugar y con las mismas yemas de los dedos, el Dormilón mas dormido que nunca, volvió a pasar distraidamente la mano y ¡Aggg!, era un acebo. Las hojas de los acebos tienen pinchos.

Despierto el Inquisidor siguió su camino, al pasar por el tunel observó  al Buda gordito de barba blanca que pide limosna sentado a la entrada, el Inquisidor nunca le da nada sin saber muy bien porqué, y como todas las mañanas, atraviesa el tunel con paso rápido pensando en el café y en el pincho que le esperan en el bar donde desayuna todos los días laborables.

El Inquisidor encaró la calle Cervantes y llegó, subió, fichó y bajó de la oficina enfilando rapidamente sus pasos hacia el bar Rubio. A medio camino el Inquisidor descubrió que no llevaba dinero, afortunadamente, justo al lado hay un cajero. Fuera de servicio.

No hay problema, pensó el Inquisidor, dio la vuelta a la manzana en dirección hacía los cajeros que el banco tiene al otro lado. Menos dormido que cuando salió del coche el Inquisidor descubrió que los demás cajeros tampoco funcionaban. Jurando en arameo y mentando sin mala intención lo que se suele mentar en estos casos, dirigió sus pasos hacia la oficina mas próxima del banco en cuestión, cuyo nombre no viene a la caja, digo al caso, donde pudo intercambiar los datos del dinero de plástico por unos billetes de curso legal que posteriormente cambió por café y pincho de tortilla.

El Inquisidor por fin despierto y más Inquisidor que nunca pensaba mientras caminaba ensimismado a la oficina: ¿Qué sucedería si los cajeros de los bancos permaneciesen  dos o tres días desconectados? ¿Y si los bancos como respuesta a una huelga anularan el servicio de los cajeros autómáticos?

¿El fin del mundo? ¿El inicio de otra revolución? Estamos en sus manos sin duda.

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