El Inquisidor envejece

Cumple años el Inquisidor y sintiendo que pasan uno a uno y ya son muchos, en realidad no pasan, se quedan,  se siente viejo en emociones que no en risas ni en ganas de vivir ni en  sorprénderse de las sorpresas que la vida ofrece cada día.

Pero el Inquisidor nota como una selección en sus emociones. Se emociona sí pero cada vez menos.  Surge una autoselección en la ira, la risa, el amor, en el sexo, en el odio.

El Inquisidor siente ira en pocas ocasiones. Cuando lo hace es muy intensa, intensísima, especialmente hacía todos esos que por su egoismo, avaricia y ambicion incontrolada hacen sufrir a tantas buenas personas. Muchas de ellas indefensas por su situación económica, por su falta de salud, por la ausencia de expectativas de futuro (pienso en los jóvenes). A pesar de ello el Inquisidor admira profundamente a todos aquellos que encaran las dificultades sin caer en la desesperación. El Inquisidor también siente ira hacia quienes no se solidarizan con el sufrimiento de los demás, hacia los que miran a otro lado y especialmente hacía los que no se dan cuentan que están perdiendo derechos en un abrir y cerrar de ojos. Derechos ganados por otros a un precio muy alto,  que, a otros, les ha costado decenas de años de lucha contra esos avariciosos, egoistas e insolidarios incapacer de ver el sufrimiento ajeno que ellos mismos provocan.

El Inquisidor también ríe, quizás mas que nunca, al fin y al cabo cada vez queda menos tiempo para reir y sufrir. Es preferible reir previniendo lo que en el futuro se pueda sufrir. Hartarse de risas, quedar ahíto por si en el futuro la risa escasea. Acumulemos risas como quien acumula libros, discos, o como esos otros que acumulan vida sana previniendo la falta de salud del futuro. Acumulemos felicidad si es posible. Acumulemos buenos recuerdos como medicina preventiva para el futuro, al fin y al cabo la vida no es mas que preparación para la vejez.

El Inquisidor tambián ama.  Ama lo que le rodea, mujer, familia, algunos amigos y algunas amigas pero un amor seleccionado, avaro, el Inquisidor ama menos a la humanidad, en realidad la ama poco. El Inquisidor es rácano en sentir amor por sus semejantes.

El Inquisidor solo recuerda las turbulentas emociones del sexo en la juventud. Le resulta extraño sentir lo que sentía, se desconoce en aquel otro que tenía ese otro amor a flor de piel, el amor por el valor intrínseco de los cuerpos y sus posibilidades sexuales. Al Inquisidor los años le han autoseleccionado ese tipo de sentimientos. Aunque cada noche duerma con una jovencita de cuerpo y alma que tiene casi la misma edad que el Inquisidor. El Inquisidor agradece su suerte.

El Inquisidor odia mucho, odia a todos los que provocan su ira. Dies Irae…el Inquisidor agradece que su odio y su ira sean profundos, intimos,  aunque su presencia le hace retumbar el alma sabe ahogar sus efectos y dormirlos. Y el Inquisidor duerme, y dentro de él su odio y su ira.

Y la vida sigue, con sus miserias, viendo en la televisión los ojos de los niños que sufren vistos por los ojos que miran con lágrimas a esos niños. Y sigue con sus risas y los amaneceres de los jóvenes plenos de emociones a flor de piel y el Inquisidor de alguna forma es feliz viendo esa vida que se renueva en otros cada día. El Inquisidor tiene un hijo, un hombre de 17 años en quien viven muchos de los recuerdos del Inquisidor.

¿Es lícito sentirse feliz a pesar del recuerdo de ojos que no lo son?

El Inquisidor cuando está triste recuerda a Beethoven y el adagio de  su novena.

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